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domingo, 28 de febrero de 2021

Mundo Mutante

(Re)leído en febrero de 2021. Aprovecho la aparición de la edición remasterizada de ECC para volver a las páginas de Mundo Mutante, el clásico de Richard Corben (con Jan Strnad) convertido en referencia del cómic de ciencia ficción y aventura postapocalíptica y, con el tiempo, en una de las obras más recordadas y queridas por los numerosos fans del genio de Missouri, entre lo que, por supuesto, me cuento. No tiene mucho sentido volver en este espacio a glosar la historia del mutante bonachón y algo idiota Dimento y sus aventuras y desventuras en el páramo en el que el mundo se ha convertido tras un inexplicado cataclismo, y en el que un elenco de seres delirantes intercambia traiciones y barrabasadas en una cruel lucha por la supervivencia. Baste recordar que la grandeza como narrador de Corben se hace patente precisamente en los meandros y rincones por los que discurre esa historia, que es tan simple como si fuera, en efecto, un relato de una vida sin sentido en un lugar sin futuro ni presente, un lugar donde solo cuenta seguir adelante. Esos recovecos son, por ejemplo, la inolvidable secuencia en el interior de la caverna oscura, que en esta edición de ECC proporciona al lector de un extra de dramatismo con respecto a la edición de Toutain Editor. Y hablando de la edición que ya conocimos en los años ochenta, si este fuera un sitio de recomendaciones en lugar de un diario de lecturas, el firmante sugeriría a cualquier aficionado que la tenga, que se haga con esta nueva y conserve las dos ediciones. La extraordinaria ilustración de cubierta luce más en la edición de Toutain, pero el interior gana en profundidad dramática con el nuevo tratamiento del color. El libro de ECC cuenta con los prólogos de Corben y Strnad que ya conocíamos e incluye un epílogo emotivo e informativo del artista y profesor José Villarubia, estrecho colaborador de Richard Corben en los últimos años de su carrera.

miércoles, 28 de marzo de 2018

Ciudad

(Re)leído en marzo de 2018. Por fin saco del estante dedicado a Giménez en mi biblioteca esta reedición de 2015 de Astiberri de uno de los clásicos de la etapa central de Juan Giménez —en este caso de 1991— y lo releo tras haberlo considerado durante mucho tiempo una de las obras fundamentales del argentino. Ya no estamos en los ochenta o a principios de los noventa, y el lector actual, resabiado y habituado a complejidades sin cuento en muchos ámbitos de la cultura pop, quizá considerará la propuesta narrativa de Ciudad algo ingenua y limitada en su alcance. Pero hay otro modo de verla, que es huir de lo retrospectivo y «leerla» en su contexto temporal. En 1991 no habíamos leído con fruición las aparatosas estructuras metalingüísticas de Grant Morrison —o habíamos leído muy pocas— y no habíamos visto películas como Cube ni series como Perdidos. Así que sugiero que interpretemos Ciudad como lo que es: como una serie de ejercicios de estilo a propósito del género fantástico y del propio arte de contar historias. Solo de ese modo puede entenderse que algunos de los diálogos escritos por Ricardo Barreiro suenen poco naturales y excesivamente literarios y que aun así sean coherentes y necesarios, o que muchas de las situaciones que se dan en la historia tengan poco sentido desde una lógica causal y solo lo tengan desde la lógica interna del ejercicio de estilo. Y, si nos queremos situar fuera de los márgenes de cualquier consideración «interpretativa», quedémonos con lo verdaderamente espectacular y excelente de la obra: el virtuosismo de Juan Giménez como narrador en imágenes.

domingo, 3 de septiembre de 2017

El último recreo

(Re)Leído en agosto de 2017. Relectura de este clásico de la historieta de los ochenta que ya había leído —y que de hecho conservo— por entregas en la revista 1984 y en la edición de 1998 de Planeta DeAgostini. Leer esta nueva edición de Astiberri es redescubrir la obra: el mayor tamaño de la página permite contemplar en todo su esplendor el dibujo de un Horacio Altuna superdotado para el claroscuro y para la expresividad en el retrato del rostro, como es el Altuna de los primeros ochenta, el de este El último recreoFiccionario. (Nota: no es que el resto de la obra de Altuna no me parezca excelente en su mayoría, sino que estas dos obras que cito fueron un auténtico descubrimiento para mí cuando era lector en la primera adolescencia, y eso marca mucho). Como clásico que es, sigue funcionando perfectamente su historia post-apocalíptica trasmutada en fábula infantil, con evidentes ecos del El señor de las moscas y apuntes igualmente evidentes y muy intencionados de la mirada antropológica propia del momento creativo que vivían Carlos Trillo y Horacio Altuna. Desarrollada no como una trama ordenada y unitaria, sino como un conjunto de retazos de vida, de relatos algunos autoconclusivos, otros de imposible conclusión, la historia de El último recreo brilla en los detalles, en las expresiones de los personajes, en las palabras dichas desde la ingenuidad pero que encierran toda la sabiduría del mundo, en las luces y en las sombras. Episodios como “El rey Arturo”, “Con la ayuda de papá” o, sobre todo, “Cosas que quedan en el camino” serían suficientes para dar forma a una obra inolvidable; el resto de episodios completan El último recreo para convertirla en una obra maestra de la historieta humanista.

viernes, 20 de enero de 2017

Crononautas

Leído a finales de diciembre de 2016. Aunque cuenta con su legión de fans, la socarronería de Mark Millar puede espantar a determinados lectores. Esos personajes siempre prestos a soltar el chiste más gracioso en un momento de la trama en que lo que está ocurriendo no es precisamente para reír son quizá el único problema notable en este Crononautas que, por lo demás, es un estupendo tebeo de aventuras fantásticas. Resulta muy gratificante para el lector el modo en que Millar retuerce un planteamiento clásico de historia de viajes en el tiempo para trastocar la narración y entrar en territorios que pocos autores exploran. Además de los citados momentos de comedia grotesca —también, por cierto, de comedia romántica—, hay en este Crononautas algunas buenas ideas de ciencia ficción y, sobre todo, mucha aventura loca, en escenas de impacto que muestran las catastróficas mezcolanzas históricas provocadas por viajes temporales descontrolados. Es en ese terreno, en el del plano general de multitudes y escenarios delirantes, donde destaca el gran Sean Murphy, de cuyo dibujo ya nos declaramos enamorados cuando, hace ya bastantes meses, en estos Papeles del Club Zorglub anotamos la lectura de El resurgir (The Wake).

martes, 10 de enero de 2017

Star Trek: La ciudad al borde de la eternidad

Leído en diciembre de 2016. Editorial Drakul, que ya ha publicado media docena de cómics de Star Trek, se unió a finales de 2016 a la celebración (por cierto, algo escasa en nuestro país) del 50 Aniversario de la serie. Lo hizo con la publicación de este volumen que es, sin duda, un regalo para fans, pero que también es, me temo, un artefacto poco estimulante para quien se acerque a leerlo sin tener ya bien inoculado el veneno trekkie.
Es un regalo para el fan porque ofrece ni más ni menos que la reconstrucción de uno de los episodios legendarios de la serie: “La ciudad al fin de la eternidad”. Escrito por Harlan Ellison, el primer guion de aquel episodio fue descartado por ser demasiado caro de realizar y porque varios elementos de la trama eran “poco Star Trek”. Una revisión del guion, ya sin esos elementos conflictivos, se acabó convirtiendo en el vigésimo octavo capítulo de la serie. La leyenda crece cuando Ellison envia la versión inicial a la Sociedad de Escritores de América y gana el premio de la asociación en su convocatoria de 1968. Además, ese mismo año la versión final obtiene el Premio Hugo. Con el tiempo, el episodio se ha convertido en uno de los favoritos tanto de los fans y especialistas como de los implicados profesionalmente en Star Trek, así que no es raro que en IDW vieran la edición de una adaptación en cómic de aquel guion original como una forma más que digna de celebrar el medio siglo de vida de la serie.
El libro en sí es un buen objeto para el disfrute del fan, dado que contiene la adaptación del episodio en cuestión y un abundante paratexto: introducción y epílogo de Harlan Ellison, portadas de Paul Shipper y Juan Ortiz —todas ellas muy interesantes— y un amplio making of con anotaciones del dibujante/pintor J.K. Woordard. Pero como decía, el libro es también un artefacto raro para el no-fan. Y lo es, precisamente por el trabajo de Woodward, sin duda lo más discutible del proyecto: su estilo obsesivamente mimético agarrota la narración y convierte las páginas del libro en una especie de fotonovela de lujo, en un relato que no fluye. Teniendo en cuenta que la adaptación del guion de Ellison es prolija en escenas dialogadas con más que abundante texto, no parece que un estilo de dibujo tan poco dinámico como el de Woodward sea la elección más adecuada para la puesta en imágenes. Pero si en IDW deciden que sí, ¿quienes somos nosotros para discutirlo?
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domingo, 8 de enero de 2017

Golem

Leído en noviembre de 2016. Tardo en anotar esta lectura como tardé (demasiado) en leer este cómic que, bajo la apariencia de entretenimiento de género y de obra de puro homenaje, alberga ideas complejas y propuestas formales valiosas. Una mirada superficial a este Golem de LRNZ (Lorenzo Ceccotti) podría hacer pensar que su estética euromanga envuelve un sencillo remedo de cierta ciencia ficción algo sobada a estas alturas de siglo: de hecho, no es difícil detectar en ella ecos de Akira o Matrix (y, por tanto, de Los Invisibles) y de mucha ficción literaria de carácter distópico. Algunos críticos han citado también como referente a los Humanoides —y sí, se paladea regusto a Moebius—; y tampoco sería una locura añadir a esos nombres el de Tanino Liberatore y su RankXerox. Una mirada detallada, sin embargo, revela una historia con profundidad política y densidad simbólica —méritos, justo es decirlo, un tanto ensombrecidos por insistentes toques melodramáticos— y un trabajo plástico audaz, tanto en un dibujo y una planificación que conjuntan la más que evidente tendencia a lo japonés con la tradición europea, como en el uso de un color que, desplegado en técnicas y paletas diversas y siempre oportunas, es el auténtico punto fuerte de esta obra.

jueves, 29 de enero de 2015

Vic & Blood


(Re)Leído en enero de 2015. Mis mejores experiencias de relectura casi nunca obedecen a decisiones especialmente meditadas, sino que responden más bien a una necesidad repentina de satisfacer una curiosidad urgente o de completar un estudio informal. Así ha sido en el caso de Vic & Blood, el cómic de Richard Corben que he vuelto a leer después de ver la película de L. Q. Jones A Boy and His Dog, que despertó el recuerdo de haber disfrutado en su día de esa magnífica obra que Norma Editorial editó en 1989 en dos comic books —hay una segunda edición en álbum de 1990; la edición original en Estados Unidos es de 1987—. La película de L.Q. Jones está basada en la novela corta del mismo título de Harlan Ellison, y, a pesar del escaso éxito comercial que tuvo en el momento de su estreno, goza de prestigio y ha generado cierto culto entre los estudiosos y aficionados a la ciencia ficción más inquietos. Es, sin duda, un prestigio merecido, porque A Boy and His Dog tiene una buena cantidad de conceptos y momentos apreciables: La primera parte, que transcurre en el páramo nuclear, ha sido una influencia evidente para el posterior cine (y videojuego) post-apocalíptico; la segunda parte, en la que se nos revela la distopía de la sociedad subterránea nacida tras la hecatombe atómica, es un espléndido ejemplo del cine de ciencia ficción emparentado con la contracultura estadounidense. Puede que A Boy and His Dog no sea especialmente brillante, divertida o entretenida a ojos de un aficionado actual, pero es imprescindible para cualquier interesado en un cine de ciencia ficción diferente.
De imprescindible puede calificarse también Vic & Blood, que a la adaptación de la misma novela corta añade dos episodios adicionales que amplían la historia. El primer capítulo, Rastrero, funciona como presentación del mundo posterior al apocalipsis nuclear, un mundo dominado por bandas armadas y en el que abundan mutantes zombis violentos. Un escenario lúgubre, más allá de lo inhóspito, en el que lo único que brilla un poco es la amistad pura del joven Vic y su perro Blood. También brilla el descomunal talento de Corben, dominador absoluto de los recursos narrativos del cómic y virtuoso creador de volúmenes y claroscuros en blanco y negro puro —especialmente asombrosa es la capacidad de Corben para crear (e iluminar) escenas nocturnas—. El cuerpo central de Vic & Blood es propiamente Un muchacho y su perro, en la que los diálogos socarrones y la sátira social de Ellison y el (insisto) asombroso blanco y negro de Corben encajan a la perfección para hacer una obra modélica en ese registro que antes describíamos como “ciencia ficción emparentada con el underground”. El cómic se cierra con el episodio Corre, pequeño, corre, un epílogo trágico narrado desde el punto de vista del perro Blood. Los tres episodios de Vic & Blood conforman una de las grandes obras de un maestro del cómic en plenas facultades creativas y son un ejemplo digno de estudio del fenómeno de la adaptación —o de cómo una misma obra de base puede dar lugar a dos piezas de distinto alcance en medios tan diferentes como son cine y cómic—.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Estela Plateada 1 - Nuevo amanecer

Leído en diciembre de 2014. En los primeros meses de 2014 Marvel lanzó varias nuevas colecciones en el marco del concepto All-New Marvel Now, sucesor del anteriormente bautizado como Marvel Now. Más allá del atractivo o no de sus nombres en clave, estas operaciones no fueron más que sucesivas oleadas de lanzamientos con los que la editorial quiso armonizar las estrategias de explotación global de ciertos títulos y volver a situar en el mercado determinadas propiedades un tanto olvidadas pero de notable poder icónico y potencial valor económico. Es el caso del personaje Silver Surfer, que se intentaba volver a poner en órbita —con perdón por el chiste fácil—mediante esta colección cuya responsabilidad caía en manos de Dan Slott y Michael Allred.
Se ha escrito en varios lugares que esta serie debe mucho a la pasión que Slott siente por Doctor Who. Y, en efecto, la deuda es evidente, tanto que a veces resulta demasiado evidente. No es mala idea reescribir Estela Plateada para hacer con él un Doctor, dado que la serie británica cuenta con un fandom global entre cuyos integrantes hay público joven y en el fondo el personaje de Marvel siempre se ajustó a la idea del viajero eternamente solo enfrentado a los grandes enigmas del Universo. Lo que no era imprescindible, desde luego, es el dotar a Estela Plateada de una compañera, Dawn Greenwood, a la que se califica ni más ni menos que de "persona más importante del universo", cargo que los seguidores de Doctor Who recordarán que ya ostentó la companion Donna Noble. Sin embargo, que no sea imprescindible tampoco implica que sea del todo una mala idea, dado que los mejores momentos de este Estela Plateada de Slott y Allred vienen provocados por las interacciones de ambos personajes —de hecho, podría decirse que el momento más bello del libro tiene que ver con el modo en que se origina el vínculo entre Norrin Radd y Dawn Greenwood—. Otros instantes memorables de este primer tomo recopilatorio son: todo el primer episodio, que trata el absurdo inherente en el personaje de Silver Surfer y su poder prácticamente ilimitado, y la aparición en el segundo episodio de la Reina de Nunca, un ser capaz de invocar todos los futuros posibles y de provocar en los demás todo el gozo y todo el dolor que esos futuros pueden proporcionar. Hay en este Estela Plateada buenos conceptos de ciencia ficción que pueden gustar a un público amplio, aunque algunos podamos pensar que el tono de comedia chispeante con el que están tratados quizá no se ajuste del todo a lo que uno espera de Silver Surfer.

lunes, 22 de diciembre de 2014

El resurgir (The Wake)

Leído en diciembre de 2014. Lo primero que uno piensa mientras lee las primeras páginas de El resurgir es lo bien que encajaría con sus imágenes la música de James Horner o Alan Silvestri. En concreto, claro, las partituras que esos músicos escribieron en los ochenta. Porque si atendemos a la construcción de las motivaciones de los personajes, a la estructura narrativa y al tempo de la acción, esos primeros capítulos de El resurgir remiten a los clásicos cinematográficos de ciencia ficción y aventuras que cualquier espectador con un mínimo de cultura de lo fantástico recordará como indisociables del mejor cine de la segunda mitad de los ochenta, como Aliens, el regreso (1986), Depredador (1987) o Abyss (1989). Pero no es eso lo único que hay, por descontado. Tras un buen puñado de páginas, la aventura escrita por Scott Snyder da un salto, regresa al tiempo que anuncia su prólogo, y, en un movimiento temporal y conceptual de notable elegancia y efectividad, se aleja del esquema de aventura tecnológica de terror y plantea uno de los mundos futuros más alucinantes que se han visto en cómic en los últimos tiempos. En anteriores notas de lectura de estos papeles del Club Zorglub ha quedado muy claro que admiramos lo que Snyder ha ido planteando en Batman. Su control del suspense, su capacidad para proporcionar credibilidad a las acciones y reacciones de los personajes y a las las tramas, su habilidad para dotar de un hálito siniestro a la historia cuando ésta lo requiere, hacen de Snyder un escritor muy disfrutable en territorios como el de Batman o el de esta aventura más grande que la vida, cuyo único punto débil, si hubiera que buscárselo, sería precisamente su desmesurada ambición. Diez números no parecen demasiados para plantear nada más y nada menos que una reescritura completa del origen de la humanidad, y en ciertos momentos la escritura de la obra se resiente de tal ambición al plantear algunas respuestas quizá demasiado explícitas y apresuradas. En cualquier caso, la impresión final es que El resurgir se disfruta enormemente en cuanto el lector entra en sintonía con su peculiar desarrollo dramático. Y ahí tiene máxima importancia la puesta en página, la fluidez narrativa y el brillantísimo dibujo de Sean Murphy, que transporta al connaisseur a la época gloriosa de la colección Vertigo (los años noventa) sin dejar de ser absolutamente personal, radicalmente contemporáneo y, sobre todo, espectacularmente bonito (Nota: aunque bonito no sea una palabra especialmente adecuada para hablar de dibujo, en este caso no encuentro otra más precisa).

viernes, 5 de diciembre de 2014

Saga - Capítulo Dos

Leído en diciembre de 2014. Como escribí en la nota del primer volumen de Saga el pasado mes de junio, estoy leyendo la colección con retraso —de hecho, cuando acabo el segundo tomo ya está en las librerías el cuarto—, pero, como suele decir el tópico, nunca es tarde. Lo que importa es que lo estoy leyendo. Y, aunque siempre he sostenido que este no es estrictamente un espacio de recomendaciones, sino simplemente un cuaderno de notas de lectura, recomiendo encarecidamente al hipotético lector de Los Papeles del Club Zorglub que haga como yo y, por tarde que parezca, ponga remedio a la carencia.
En este segundo tomo, Saga continúa siendo una serie sexy, divertida, rabiosamente fantástica, humorística, emocionante, perversa e imprevisible. Además, sigue siendo la firme constatación de que Brian K. Vaughan es un guionista extraordinario —quizá merezca un lugar de honor entre los tres o cuatros mejores escritores en el panorama del cómic fantástico actual—. Y eso se ve en las grandes estrategias narrativas, como en los magníficos engarces entre escenas, secuencias y episodios, en el modo en que integra fantasía delirante y comedia costumbrista, acción frenética y drama familiar intimista, o en la forma en que construye la voz de la narradora. Y también se ve en los detalles aparentemente mínimos, como la manera en que es capaz de introducir el amor romántico en la historia sin llegar a la cursilería, o la agridulce ironía que impregna todo el relato —y muy especialmente el momento final en casa del dickiano novelista—.

jueves, 20 de noviembre de 2014

¡Universo! 1

Leído en noviembre de 2014. Panel Syndicate es una plataforma de distribución de cómic digital creada por los autores Brian K. Vaughan y Marcos Martín para la comercialización del comic book digital The Private Eye, obra de los citados autores y de Muntsa Vicente. Después de albergar ocho números de The Private Eye, Panel Syndicate se ha convertido en el hogar de una nueva serie de comic books: ¡Universo!, obra de Albert Monteys, conocido y admirado autor de cómic de humor que, en esta ocasión se adentra en el territorio de la ciencia ficción. La relación de Monteys con la ciencia ficción no es una gran novedad: tanto la monografía Calavera Lunar, uno de los títulos legendarios del autor, como Carlitos Fax, la serie futurista sobre un robot creada por Monteys para la revista infantil Mister K., pertenecen por derecho propio al género, al menos a esa variante del género más satírica, paródica y aventurera que especulativa y sesuda. Lo que sí es una novedad, o al menos es algo que podría sorprender a los lectores habituales del autor, es que ¡Universo! es ciencia ficción pura y dura. Algo de humor tiene, obviamente, como no puede ser de otro modo tratándose de una obra de Monteys. Pero es un humor de tono suave, un humor que matiza y humaniza la historia de especulación cientifico-técnica dura. Mejor no dar muchas pistas del argumento de este primer ¡Universo!, baste decir que en su historia, que abarca un desarrollo temporal de varios millones de años, se mezclan aromas de sátira sobre el capitalismo ultra-avanzado con aires de epopeya portátil sobre viajes en el tiempo; o que se hacen colisionar el vértigo íntimo de un crononauta en una misión a escala universal con el absurdo de la burocracia corporativa. Los que conocemos al autor sabemos que es absurdo buscar referentes explícitos y citas concretas en una obra como esta. Leyendo ¡Universo! queda muy claro que Monteys conoce a los grandes autores de ciencia ficción, sobre todo a los grandes cuentistas del género; queda claro, decíamos, que en este ¡Universo! están Dick, Lem o Bradbury. También están, obviamente, Jack Kirby y Steve Ditko. Y, puestos a jugárnosla —aunque creo que aquí apuesto sobre seguro—, diría que también están las historias del Doctor Who de Russell T Davies… Y todo ello plasmado en un dibujo brillante, un color portentoso y, lo que ya está garantizado siempre en la obra de Monteys, un deslumbrante uso de los recursos narrativos propios del cómic. Necesitamos más viajes por este ¡Universo! ya.

domingo, 22 de junio de 2014

Saga - Capítulo Uno

Leído en junio de 2014. Nunca oculto que mis lecturas no están al día. Digan lo que digan, se publica mucho, y los recursos económicos son tan limitados que no hay más remedio que renunciar a leer muchas cosas. Lo siguiente es renunciar a leer las reseñas de lo que se publica. Así que es muy fácil perderse cosas importantes. Y hay que aceptarlo tal como es. Pero hay casos imperdonables: a pesar de la multitud de premios que ha ido cosechado—nada menos que varios Eisner y Harvey, además de un Hugo—, Saga había pasado prácticamente inadvertida para mí, y no sé muy bien por qué. Hasta ahora, cuando ya está en las librerías el tercer volumen de la edición española, no había hecho el gesto de comprar y leer el primer tomo. Qué error.
Saga es una space opera rutilante, sexy y divertida, con más fantasía que ciencia ficción, más humor que solemnidad, y más perversidad que amabilidad, repleta de ideas imprevisibles y alucinantes —qué pena que no tengamos una buena traducción para mind-blowing— y de golpes de genio tanto en el guion como en el dibujo. Saga está entre lo mejor que he podido leer (y ver) de Brian K. Vaughan, y ofrece un brillante dibujo y color de Fiona Staples, que en esta obra se muestra como una artista de trazo magistral en el diseño de criaturas fantásticas. Voy, rápido, a por los otros volúmenes editados.

miércoles, 14 de mayo de 2014

The Long Tomorrow

Leído en mayo de 2014. Dejadme plantear dos ideas:  1) Que existan buenas ediciones de clásicos disponibles en el mercado es un indicador de salud del sector editorial casi tan fiable como la aparición regular de novedades de todos los géneros y para públicos diversos. 2) Que la obra de uno de los más grandes creadores de la historia del cómic mundial aparezca de la forma más digna posible es algo que siempre hay que celebrar y apoyar.
Por eso no dudo en ir adquiriendo, al ritmo que permite la coyuntura, cosas como esta Colección Moebius Métal Hurlant de Norma Editorial, la serie de álbumes que compila la obra del maestro. Mi última (re)lectura es el primer tomo de esta colección: The Long Tomorrow, cuya pieza más importante es, obviamente, la legendaria historia del mismo título escrita por Dan O’Bannon y dibujada por Moebius en la época en que ambos trabajaban en la pre-producción del Dune de Alejandro Jodorowsky. Completan el álbum otros seis relatos de ciencia ficción creados para Métal Hurlant (excepto “Barbarroja y el cerebro pirata”, creado para Pilote) y, lo que me parece más relevante, una introducción del autor detallando el origen de cada uno de las relatos.
Las historias del libro ilustran facetas muy destacables de Moebius: “The Long Tomorrow” es lo que cualquiera entendería por “un clásico”, por su origen mítico, por marcar a fuego el modo en que los jóvenes aficionados y profesionales verían el cómic en la segunda mitad de los 70 y principios de los 80, y por su influencia en casi toda la ciencia ficción posterior; “Rock City” es una muestra del inmenso talento de Moebius para narrar sin palabras; “El Universo es muy pequeño”, “Barbarroja y el cerebro pirata” y “Descenso a Centauri” son piezas de ciencia ficción surrealista y pop, destilaciones perfectas del espíritu humanoïde; “Variación nº 4027 sobre ‘el’ tema” muestra al Moebius más hippy...
No me extenderé más en lo esenciales que son esas creaciones de Moebius para trazar cualquier genealogía de la historieta mundial. Además, es muy probable que todos los aficionados al cómic que admiran la obra de Moebius tengan ya estas historias (seguramente en la edición de Eurocómic o en la estupenda versión de Ediciones B). En cualquier caso,  y aunque esto no es exactamente un espacio de recomendaciones, no está de más avisar a todos aquellos que no las tengan que este The Long Tomorrow es una compilación fundamental de trabajos fundamentales de un artista fundamental. Y perdón por la reiteración un tanto torpe, pero las cosas fundamentales hay que dejarlas claras.