Diario de lecturas de Jordi Sánchez-Navarro, lector de cómics. Y profesor de comunicación.
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lunes, 2 de abril de 2018
Creepy 9
Leído en marzo de 2018. Para los que crecimos con los cómics de Toutain en los ochenta, la «invasión española» en las revistas Warren tenía algo de mítico. Toutain y su equipo fueron eficaces publicistas de sus logros editoriales y de los éxitos de los autores representados por Selecciones Ilustradas (la agencia de Toutain que proveyó a Jim Warren de sangre nueva para sus revistas). El prefacio de este volumen de Creepy, de Richard J. Arndt, da información histórica y algunas anécdotas al respecto. Sobre los contenidos, poco que añadir a las notas que se han ido consignando en estos Papeles a propósito de Creepy tras la marcha de Archie Goodwin: los guionistas lo intentaban, pero pocos llegaban a la altura, mientras que muchos de los dibujantes estaban aún lejos de ofrecer resultados sorprendentes. Destacan en este volumen el poder expresivo de las muy modernas historias de Tom Sutton «Y el horror sale arrastrándose del mar» y «Algo por lo que recordarme» y el cambio que suponen los celebrados artistas de la Spanish Army, muy notable en las dos siniestras e incómodas historias de Josep Maria Beà: «Como una cabina telefónica, larga y estrecha» y «El cuadro de la muerte».
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martes, 8 de agosto de 2017
Creepy 8
Leído en julio de 2017. Sigo la lectura completista de los Archivos de Creepy publicados por Planeta DeAgostini con un octavo volumen en el que, aunque el número de historias memorables no es muy extenso, hay que reconocer que hay un puñado de ellas y que no empieza nada mal: el primer número compilado, el 37, entrega dos buenos relatos: “¡Te odio! ¡Te odio!”, de Bill Warren y Mike Royer —una estupenda historia de viaje temporal que presenta un argumento precursor de algo luego mil veces tratado como es el principio de consistencia de Nóvikov, y que expone de forma muy valiente el tema de los malos tratos en el seno de la familia— y “El castilllo” de Pat Boyete —historia que tenía guardada en la memoria desde que me impactó a principios de los 80, cuando la leí en el número 5 del Creepy de Toutain (1979)—. El número 38 significa el regreso del enorme Wally Wood a la revista, con “El todo cósmico”, y el 39 es el número de debut de Dave Crockum —un artista al que muchos aficionados de mi generación tienen en gran estima por haber sido un nombre clave de la redefinición de la Patrulla-X (sí, así la llamamos) a finales de los setenta—, con la historia “Muerte contra reembolso”. Repite en el número el siempre brillante Pat Boyette, con “Muerte del mago”. El número 40 ofrece la muy moderna “El paseo de la extinción”, de Don McGregor y Tom Sutton y el 41 es un buen cierre del volumen, dado que incluye el debut en las revistas Warren del legendario Bruce Jones —con “La criatura del Lago Ness”, escrita y dibujada por él—, y las muy brillantes “Preludio al Armagedón”, de Nicola Cuti y Wally Wood —también presentada como “un clásico”, con nota biográfica de Cuti en el Creepy de Toutain, concretamente en el número 26— y “Un odio tangible” de Don McGregor y Richard Corben —otra de las historias de aquel sorprendente Corben que comenzaba a publicarse en los primeros 80 en España, en este caso en el número 3 de la revista Delta—. Al margen de este puñado de historias memorables, uno de los aspectos más destacables del volumen es la variedad de temas y escenarios. Vemos el evidente acercamiento de las ficciones de Creepy a contextos urbanos y cierto giro hacia el terror psicológico y la ciencia ficción, lo que implica cierto distanciamiento de los monstruos clásicos. Al poco de entrar en la década de los setenta, Creepy presentaba un nuevo enfoque.
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lunes, 7 de agosto de 2017
Sangre sobre satén negro
(Re)Leído en agosto de 2017. Aprovecho el período de vacaciones para hacer relecturas de cómics a los que por un motivo u otro apetece volver. Y regreso a algo que en mi primera adolescencia me fascinó completamente: Sangre sobre satén negro, una historia larga (seriada en tres entregas) de Doug Moench y Paul Gulacy que apareció en nuestro país en los números 17, 18 y 19 de la revista Creepy (Toutain Editor, 1980) —y originalmente en los números 109, 110 y 111 de Eerie (Warren Publishing)—. Se trata de un estupendo thriller satánico que combina el relato detectivesco con una visión pulp del satanismo, el folk horror británico y guiños literarios más o menos evidentes, como los dedicados a Lovecraft —usar el nombre Azathoth para denominar a un demonio “clásico” no deja de tener su gracia— o a François Rabelais —calificar a una bacanal de “rabelesiana” es casi un mensaje oculto—. Aunque, tanto en diálogos como en los abundantes textos de apoyo, el estilo de Moench está quizá más cercano a las formas propias de los últimos sesenta que a algo escrito en 1979, la escritura de Sangre sobre satén negro es funcional y, sobre todo, ajustada al público de gusto más clásico de las revistas Warren. Donde indiscutiblemente brilla la historia es en el dibujo de Gulacy, con aquel realismo estilizado tan propio del discípulo aventajado de James Steranko, que abunda en viñetas espectaculares y pasmosamente detalladas, sin perder por ello la fluidez narrativa. Moench y Gulacy forman, sin duda, uno de los grandes tándems creativos de la historia del cómic estadounidense y piezas como esta Sangre sobre satén negro merecen no quedar sepultadas en la memoria por el peso de la portentosa maestría mostrada en los trabajos que la pareja de artistas hizo para Marvel y DC.
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domingo, 14 de mayo de 2017
Creepy 7
Leído en abril de 2017. Leer el puñado de historias del montón que conforman este volumen 7 de los Archivos de Creepy sabiendo que la recuperación del nivel de calidad no llega hasta el siguiente no es especialmente placentero. Aunque en la nota de lectura del anterior volumen se comentaba que la revista comenzaba a remontar poco a poco, los números del 33 al 36, los de este séptimo, ofrecen contados alicientes para el lector. Si acaso, se leen por completismo. En cualquier caso, hay buenos momentos que acaban compensando la lectura. El número 33 ofrece la estupenda “¡En la caja!” de Tom Sutton y la notable “Invitada real” de Pat Boyette. El 35 incluye dos buenas historias de los mismos autores: “Clientes difíciles” de Sutton y “Justicia” de Boyette. En el 36 destacan “Sobre las alas de un pájaro”, con guion de T. Casey Brennan y dibujo de Jerry Grandenetti, y la historia que cierra el volumen, “Belleza congelada”, el debut en el cómic mainstream del entonces ya maestro del underground Richard Corben.
Como curiosidad para aficionados e historiadores del medio, el tomo incluye el editorial que James Warren dirigió a los miembros del congreso y al gobierno de los Estados Unidos con el cual el editor de Creepy se alineaba inequívocamente con los detractores de la intervención estadounidense en Vietnam.
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viernes, 20 de enero de 2017
Creepy 6
Leído en diciembre de 2016. Como ya hemos apuntado en sus correspondiente notas, la lectura del cuarto y quinto volumen de la edición integral de Creepy no resultaba especialmente grata en comparación con la de las anteriores entregas. En el sexto volumen, sin embargo, el nivel de calidad de la revista comienza a remontar poco a poco. Son varios los estudiosos de las revistas Warren que consideran que el número 29 (que es el cuarto incluido en este volumen) es el comienzo de un período paulatino de repunte en la calidad de Creepy. A pesar de que el editor Jim Warren continuaba incluyendo reimpresiones y que mucho del material nuevo era de poca entidad, vuelven a la revista poco a poco autores de la primera época, lo que hace que se recupere el sabor clásico de Creepy. Regresa, por ejemplo, Jerry Grandenetti en “El diablo de las marismas”, una historia escrita por Don Glit, que, si bien tiene un argumento un tanto manido y pobretón, permite que luzcan el trazo y las aguadas de Grandenetti. También vuelve el mismísimo Archie Goodwin, con “El que ríe el último”. Otras historias destacables son “Dejarse caer”, que cuenta con un dibujo de Tom Sutton poderoso por momentos, y “Ser o no ser bruja”, con guion de Bill Parente y dibujo de Carles Prunés, primer autor español que publicó en Creepy y, por tanto, pionero —por su cuenta y riesgo, sin mediación de ningún agente ni editor— de lo que sería la spanish invasion en las revistas Warren durante los años siguientes. Mención especial merece "Dios de roca", el mejor relato del número 32 —el primero íntegramente formado por historias nuevas desde el 16—, escrito por Harlan Ellison y dibujado por Neal Adams.
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martes, 22 de marzo de 2016
Creepy 5
Leído en marzo de 2016. A propósito de la lectura del cuarto volumen ya se comentó aquí que llegadas estas latitudes de la lectura en orden cronológico de los Archivos de Creepy la cosa requiere disciplina y templanza de ánimo. En el quinto volumen la sensación de desasosiego es incluso mayor. Se siguen notando los efectos de la dimisión (tras el número 17) de Archie Goodwin como editor. La imagen de decadencia de la revista es dolorosamente evidente, dada la poca calidad general (en especial en los argumentos) de las historias que se recogen en el volumen. La ausencia del toque Goodwin es letal para el conjunto y solo resultan mínimamente memorables las ya conocidas, clásicas, entregas de Gene Colan (“La marea de las brujas”) y Steve Ditko (“Magia negra”, Color Rubí”), un par de historias con dibujo de Dan Adkins (“El que acecha”) y Jerry Grandenetti (“Encasillado”) y un par de trabajos del tándem Tom Sutton y Bill Parente, que si bien tienen argumentos y diálogos francamente discutibles, cuentan con el brillante dibujo de Sutton. Un volumen muy irregular desde el punto de vista artístico y creativo que, aun así, ofrece una razón para ser atesorado: su valor como documento histórico.
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miércoles, 6 de mayo de 2015
Creepy 4
Leído entre abril y mayo de 2015. Llegado este punto, la lectura en orden cronológico de los Archivos de Creepy requiere disciplina y templanza de ánimo. Después de tres volúmenes que recogían el notable —por distintas razones— recorrido de Creepy entre los números 1 y 15, llega la cuarta entrega del integral de la revista Warren, que recopila del 16 a 20, los primeros números realmente "conflictivos" de Creepy.
¿Por qué conflictivos? Pues porque en octubre de 1967 (tras el número 17) Archie Goodwin dimitió como editor por las razones que todos podemos suponer: problemas económicos de la empresa. La mayoría de los dibujantes que habían colaborado hasta ese momento acompañaron a Goodwin en su marcha, dejando a la editorial sin historias y sin profesionales a quien pedirlas. Desde ese momento, y en una situación que se prolongaría hasta el número 32 (abril de 1970), James Warren se vio obligado a recurrir a reimpresiones de material ya publicado. Los números 18 y 19 de Creepy aparecieron con cinco historias cada uno, entre ellas alguna reimpresión —“El rastro de Frankenstein” en el 18 y “Trabajo de monstruos” y “El cristal con que se mire” en el 19, publicadas previamente en Eerie— y el 20 apareció con solo dos historias nuevas y tres reeditadas que provenían de números anteriores de la propia Creepy. La decadencia de la revista era evidente.
En el volumen 4 de los Archivos, Dark Horse decidió no incluir las reimpresiones de la propia Creepy, pero sí las que provenían de Eerie, a pesar de que ya habían aparecido en el primer volumen de la edición integral de esta cabecera. Al margen de las ediciones editoriales de Dark Horse, podemos decir que la imagen de decadencia de esa época de Creepy se traslada inequívocamente a este volumen 4, que se ve lastrado tanto por esas reimpresiones que aparecen o no, como por la perceptible mengua de la calidad de las historias. En las páginas del libro se hace evidente la ausencia de Archie Goodwin y se intuye la precipitación en la entrega de creadores de la talla de Neal Adams o Steve Ditko, que presentan trabajos resultones pero de nivel un poco menor del habitual. Aún así, el hecho de que se incluyan esa historias dibujadas por Adams y Ditko, los trabajos de un primerizo Jeff Jones (“Ángel de la perdición”), de los veteranos Joe Orlando (“La mano de la momia”) y Johnny Craig (“Tercer acto”), de Tom Sutton (“Figura de cera”) y Rocco Mastroserio, hace que este libro merezca un lugar tan honorable en mi biblioteca como los anteriores volúmenes de esta edición integral —y como tal con sus altibajos— de Creepy.
¿Por qué conflictivos? Pues porque en octubre de 1967 (tras el número 17) Archie Goodwin dimitió como editor por las razones que todos podemos suponer: problemas económicos de la empresa. La mayoría de los dibujantes que habían colaborado hasta ese momento acompañaron a Goodwin en su marcha, dejando a la editorial sin historias y sin profesionales a quien pedirlas. Desde ese momento, y en una situación que se prolongaría hasta el número 32 (abril de 1970), James Warren se vio obligado a recurrir a reimpresiones de material ya publicado. Los números 18 y 19 de Creepy aparecieron con cinco historias cada uno, entre ellas alguna reimpresión —“El rastro de Frankenstein” en el 18 y “Trabajo de monstruos” y “El cristal con que se mire” en el 19, publicadas previamente en Eerie— y el 20 apareció con solo dos historias nuevas y tres reeditadas que provenían de números anteriores de la propia Creepy. La decadencia de la revista era evidente.
En el volumen 4 de los Archivos, Dark Horse decidió no incluir las reimpresiones de la propia Creepy, pero sí las que provenían de Eerie, a pesar de que ya habían aparecido en el primer volumen de la edición integral de esta cabecera. Al margen de las ediciones editoriales de Dark Horse, podemos decir que la imagen de decadencia de esa época de Creepy se traslada inequívocamente a este volumen 4, que se ve lastrado tanto por esas reimpresiones que aparecen o no, como por la perceptible mengua de la calidad de las historias. En las páginas del libro se hace evidente la ausencia de Archie Goodwin y se intuye la precipitación en la entrega de creadores de la talla de Neal Adams o Steve Ditko, que presentan trabajos resultones pero de nivel un poco menor del habitual. Aún así, el hecho de que se incluyan esa historias dibujadas por Adams y Ditko, los trabajos de un primerizo Jeff Jones (“Ángel de la perdición”), de los veteranos Joe Orlando (“La mano de la momia”) y Johnny Craig (“Tercer acto”), de Tom Sutton (“Figura de cera”) y Rocco Mastroserio, hace que este libro merezca un lugar tan honorable en mi biblioteca como los anteriores volúmenes de esta edición integral —y como tal con sus altibajos— de Creepy.
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martes, 7 de abril de 2015
Creepy 3
Leído en abril de 2015. Aunque en los dos anteriores libros de la colección ya podíamos encontrar buenos ejemplos del tipo de relato corto de horror con el que Creepy pasaría a la historia, en este tercer volumen de la recopilación de la revista empieza a quedar muy claro que la cabecera de Warren Publishing estaba destinada a marcar época con su asombroso nivel y a grabar a fuego un buen puñado de historias en el recuerdo de los aficionados al terror. En este tercer volumen continúan las historias siempre eficaces y muy a menudo sorprendentes del que fuera responsable máximo de los contenidos de la revista, el gran Archie Goodwin, cuyo talento para el relato corto con giro final se muestra en su máximo esplendor. Historias como “El hombre bestia” (Creepy 11, 1966), “La oscura casa de los sueños” (Creepy 12, 1966), “Miedo sobre piedra” (Creepy 13, 1967) o “La maldición del vampiro” (Creepy 14, 1967) bastarían para situar a Goodwin entre los grandes creadores del terror de todos los tiempos. Mención aparte merece su excelente labor como divulgador de los clásicos del género entre la juventud estadounidense, como ilustra perfectamente la inclusión en el volumen de magníficas adaptaciones de relatos de Edgar Allan Poe (“Hop-Frog”, Creepy 11), Bram Stoker (“La india”, Creepy 13)o Washington Irving (“La aventura del estudiante alemán”, Creepy 15, 1967). En el apartado gráfico, esta tercera entrega de Creepy proporciona incontables satisfacciones: maestros como Steve Ditko, Gene Colan o Joe Orlando siguen ofreciendo arte mayúsculo, y Reed Crandall brilla en su adaptación de “Hop-Frog”, mientras se incorporan a la cabecera en este tercer volumen el brutal talento expresionista y macabro de Jerry Grandenetti y el inmenso Neal Adams. En una próxima entrada de este diario de lecturas tendremos ocasión de hablar del bajón de calidad que la revista tuvo —y que se pudo apreciar muy claramente en algunos números que recopila el cuarto volumen—, pero por ahora digamos que este tercer tomo de Creepy es, sin duda, un libro fundamental en la biblioteca de culaquier aficionado al cómic y/o al terror. Y, por suerte, quedan unos cuantos volúmenes para continuar con la necesaria (re)lectura completa por orden cronológico de la maravillosa revista con la que el editor Jim Warren cambió la vida de tanta gente.
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domingo, 29 de junio de 2014
Creepy 2
Leído en junio de 2014. Este segundo volumen de la reedición integral de la revista Creepy sigue la línea marcada por el primero, que ya se comentó aquí el mes pasado. Continúa, por tanto, el terror clásico y efectista, basado en el efecto sorpresa de Archie Goodwin —un creador no por prolífico menos brillante—, y su espectacular nómina de socios en el apartado visual: los Torres, Severin, Crandall y compañía, todos ellos dibujantes que el tópico ya instalado en la historia de los cómics califica de "probada eficacia”, pero que sin duda cabría calificar de "artistas como la copa de un pino”. Véase, como muestra, la espectacular “El barril de amontillado" de Crandall.
Si el nivel medio del libro es excelente, hay unas cuantas historias que se elevan hasta lo extraordinario. Además de las portadas de Frazetta, alcanzan ese nivel excelso, según mi parecer y como ya ocurría en el primer volumen de la serie o en la también comentada primera entrega de la recopilación de Eerie, los trabajos del trío de titanes que sin duda marcó el máximo nivel de excelencia de esa primera época de las revistas Warren de terror: me refiero, claro, a Gene Colan, Steve Ditko y Alex Toth. En especial, las tres historias de paranoia extrema y puro terror psicológico de Toth son inconmensurables.
Si el nivel medio del libro es excelente, hay unas cuantas historias que se elevan hasta lo extraordinario. Además de las portadas de Frazetta, alcanzan ese nivel excelso, según mi parecer y como ya ocurría en el primer volumen de la serie o en la también comentada primera entrega de la recopilación de Eerie, los trabajos del trío de titanes que sin duda marcó el máximo nivel de excelencia de esa primera época de las revistas Warren de terror: me refiero, claro, a Gene Colan, Steve Ditko y Alex Toth. En especial, las tres historias de paranoia extrema y puro terror psicológico de Toth son inconmensurables.
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sábado, 31 de mayo de 2014
Eerie Volumen 1
Leído a finales de mayo de 2014. Cuando anoté en este diario mis impresiones sobre el primer volumen de Los archivos de Creepy, comenté que iba a seguir consignando las lecturas de todos los tomos de esa colección, y también las de la recopilación de Eerie. Así que allá vamos. El primer aspecto destacable es que no hay ninguna diferencia conceptual o de enfoque editorial entre Eerie y su cabecera hermana Creepy. Eerie no era más, ni menos, que la segunda antología de historias de terror del editor James Warren.
Este primer volumen de Eerie comienza algo titubeante en sus páginas iniciales —que son las que corresponden, lógicamente, al primer número de la revista—, páginas que presentan una calidad algo cuestionable, pero apenas avanzamos en la lectura, y ya desde el segundo número, los trabajos de creadores del calibre de Steve Ditko, Alex Toth y Gene Colan sitúan la calidad media del libro en un nivel estratosférico. Aunque cualquiera de las historias dibujadas por los tres autores mencionados es memorable, hay al menos una de cada uno de ellos que pocos dudarían en calificar de obras maestras. Son “Visión del mal”, de Alex Toth (Eerie 2, 1966), “El asesino del hacha”, de Gene Colan (Eerie 4, 1966), y “Magia negra”, de Steve Ditko (Eerie 5, 1966), todas ellas con guion de Archie Goodwin. También están escritas por Goodwin las dos magníficas historias dibujadas por Angelo Torres —“¡El alma del terror!” (Eerie 3, 1966) y “¡El dios del pantano!” (Eerie 5, 1966)— que completarían el quinteto imbatible de este primer e imprescindible volumen de Eerie.
Este primer volumen de Eerie comienza algo titubeante en sus páginas iniciales —que son las que corresponden, lógicamente, al primer número de la revista—, páginas que presentan una calidad algo cuestionable, pero apenas avanzamos en la lectura, y ya desde el segundo número, los trabajos de creadores del calibre de Steve Ditko, Alex Toth y Gene Colan sitúan la calidad media del libro en un nivel estratosférico. Aunque cualquiera de las historias dibujadas por los tres autores mencionados es memorable, hay al menos una de cada uno de ellos que pocos dudarían en calificar de obras maestras. Son “Visión del mal”, de Alex Toth (Eerie 2, 1966), “El asesino del hacha”, de Gene Colan (Eerie 4, 1966), y “Magia negra”, de Steve Ditko (Eerie 5, 1966), todas ellas con guion de Archie Goodwin. También están escritas por Goodwin las dos magníficas historias dibujadas por Angelo Torres —“¡El alma del terror!” (Eerie 3, 1966) y “¡El dios del pantano!” (Eerie 5, 1966)— que completarían el quinteto imbatible de este primer e imprescindible volumen de Eerie.
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miércoles, 7 de mayo de 2014
Creepy 1
Leído en mayo de 2014. Cuando compré este Archivos de Creepy - Volumen 1 no fue con la intención de incorporarlo a mi biblioteca, sino buscando un regalo para un amigo. Luego miré con un poco de atención el material y la edición de Planeta DeAgostini, y cambié de idea y decidí quedármelo. Tengo y me sé de memoria los Creepy de Toutain, pero esta edición es, según veo yo las cosas, imprescindible.En este primer libro de Los archivos de Creepy el lector encuentra un puñado de las clásicas historias de terror de los primeros números de la revista editada por James Warren. Narraciones muy breves y espeluznantes claramente inspiradas en los relatos canónicos de los tebeos de E.C. Comics, escritas de un modo muy funcional, basadas casi de forma exclusiva en el recurso narrativo del giro de guion radical y del desenlace inesperado, y dibujadas en maravilloso blanco y negro por maestros como Joe Orlando, Al Williamson, Reed Crandall, Angelo Torres… todos ellos magníficos dibujantes muy dotados para la composición, la planificación y las escenas en claroscuro características del género de terror. Aunque el nivel de dibujo de todo el libro es excelente (en el marco de un clasicismo que quizá aleje a lectores más aferrados a lo actual), creo que dos historias destacan en este volumen: ¡El hombre lobo! (Creepy 1, 1964), una exhibición de talento de un Frank Frazzeta que en esos momentos dejaba el cómic para dedicarse en exclusiva a la cosa pictórica, y Una empresa muy fúnebre (Creepy 5, 1965), con un prodigio de dibujo de Alex Toth.
Sin prisa pero sin pausa, pienso hacerme con todos esos Archivos de Creepy (y, ya puestos, con los de Eerie).
Por cierto, sigo buscando un regalo para ese amigo.
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