Diario de lecturas de Jordi Sánchez-Navarro, lector de cómics. Y profesor de comunicación.
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domingo, 30 de octubre de 2016
El Dios Rata
Leído en octubre de 2016. Como ya se ha apuntado aquí, cada nueva edición en nuestro país de una obra de Richard Corben es motivo de celebración. Por pequeña que sea la obra. Y cuando la obra es grande, casi gigante, como este El Dios Rata, el motivo de alegría es doble. Maravilloso pastiche lovecraftiano con aromas de weird western, El Dios Rata invoca mitología india, naturaleza salvaje americana, cultos impíos y monstruos indescriptibles en una historia que, por clásica, incluso típica, que sea en su planteamiento, sorprende al lector con delirantes giros y aproximaciones inesperadas al Horror Cósmico y a los terrores ancestrales. El Corben de siempre, dibujante prodigioso y narrador extraordinario en la puesta en viñetas y en el montaje de página, entrega una obra magnífica, clásico instantáneo, en la que podemos comprobar el espléndido estado de forma artística de uno de los grandes genios del cómic de todos los tiempos.
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viernes, 4 de diciembre de 2015
Cruzando el bosque
Leído en noviembre de 2015. No soy un gran especialista en el terror escrito por mujeres (de hecho, ni siquiera soy un lector disciplinado en el tema), pero he disfrutado en bastantes ocasiones perdiéndome en los bosques y laberintos de palabras escritas por Shirley Jackson, Angela Carter, Caitlín R. Kiernan o Lisa Tuttle. Y sé (insisto, sin ser un gran conocedor), que hay algo en la mirada femenina al horror y a la fantasía oscura que me es absolutamente grato. Con este Cruzando el bosque, exquisito compendio de historias de terror con ecos de folclore centroeuropeo y aromas de novela gótica y horror grotesco, declaro a Emily Carroll representante del medio (del medio cómic, claro) en el club de grandes damas de lo macabro y lo siniestro liderado por las anteriormente citadas. De hecho, leer a Emily Carroll me ha evocado directamente momentos vividos en las páginas de la gran maestra Angela Carter. Huérfanos desvalidos, esposas barbazulescas arrojadas a peripecias escalofriantes, licántropos, monstruos abominables y reptantes… recorren las planchas de Cruzando el bosque en historias que aúnan de forma armónica la brillantez de Carroll como escritora de frase corta y activadora de los mecanismos del miedo y su dominio de todos los constituyentes del lenguaje de la historieta —un dibujo exquisito, más emparentado con el diseño y la ilustración que con cualquier idea ortodoxa de cómic de terror, un trabajo en la composición de página nunca evidente y rutinario, un brillante uso de la letra como signo expresivo—.
En “La casa del vecino” el lector siente el aislamiento, el frío, los horrores que acechan a los niños en las casas aisladas del bosque. “La Dama de las manos frías” es un canónico relato gótico en el que el uso expresivo de la tipografía alcanza el cénit en una canción que no es que de miedo “oír”, sino que aterra “ver”. Otros momentos memorables del libro son el uso del diseño como vehículo del discurso narrativo en el final de “Y la cara toda roja”, la expresión de los rostros en el aterrador cuento de fantasmas “Mi amiga Janna”, o los twist de guión que hacen inolvidable la que acaso sea la historia más convencional en diseño y puesta en página: “El nido”. El conjunto se cierra con “En resumen”, un epílogo de once páginas que ya es en sí mismo una obra maestra del cómic de horror.
Cruzando el bosque es un libro imprescindible para entusiastas del miedo, a los que mostrará que, agazapado en las sombras, existe un cómic diferente esperando su oportunidad para producir escalofríos perdurables. No sería correcto terminar esta anotación en Los papeles… sin destacar que la magnífica producción editorial del sello Sapristi está en perfecta sintonía con el valor de la obra.
En “La casa del vecino” el lector siente el aislamiento, el frío, los horrores que acechan a los niños en las casas aisladas del bosque. “La Dama de las manos frías” es un canónico relato gótico en el que el uso expresivo de la tipografía alcanza el cénit en una canción que no es que de miedo “oír”, sino que aterra “ver”. Otros momentos memorables del libro son el uso del diseño como vehículo del discurso narrativo en el final de “Y la cara toda roja”, la expresión de los rostros en el aterrador cuento de fantasmas “Mi amiga Janna”, o los twist de guión que hacen inolvidable la que acaso sea la historia más convencional en diseño y puesta en página: “El nido”. El conjunto se cierra con “En resumen”, un epílogo de once páginas que ya es en sí mismo una obra maestra del cómic de horror.
Cruzando el bosque es un libro imprescindible para entusiastas del miedo, a los que mostrará que, agazapado en las sombras, existe un cómic diferente esperando su oportunidad para producir escalofríos perdurables. No sería correcto terminar esta anotación en Los papeles… sin destacar que la magnífica producción editorial del sello Sapristi está en perfecta sintonía con el valor de la obra.
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sábado, 14 de febrero de 2015
Fatale 4: Reza para que llueva
Leído en febrero de 2015. Leo el cuarto arco argumental de Fatale aún con el impulso de haber disfrutado el tercero muy recientemente; y quizá por eso me gusta incluso más de lo previsto. En esta ocasión no hay duda: coincido con el texto publicitario de la contraportada cuando dice que este cuarto es el más extraño y emocionante volumen de la serie. Reza para que llueva regresa al esquema de los dos primeros libros, exponiendo en paralelo un presente —la trama de la búsqueda de Nicholas Lash— y un pasado —con una nueva mirada a las desventuras de la femme fatale Josephine— que se acercan progresivamente. Si entre el primer y el segundo arco argumental transcurría un periodo de veinte años, el mismo lapso se da entre el segundo y el cuarto —recordemos que el tercero sigue otra lógica—. Así, del Hollywood de los 70 pasamos al Seattle de los 90, escenario en el que Brubaker y Phillips hilan una poderosa historia de crimen, rock oscuro y demonios, tanto interiores como muy físicos y reales, una historia que, más que nunca en Fatale, es como una pesadilla febril, incómoda y placentera por momentos. Esta naturaleza pesadillesca, y como tal extraña, confusa y borrosa, tiene un perfecto correlato en un dibujo de Sean Phillips que aparece algo más esquemático e impreciso que en otras ocasiones —lo que provoca que el color de Elizabeth Breitweiser destaque como elemento expresivo determinante en la historia—. En contraste, Brubaker se muestra más preciso que nunca, especialmente acertado en la definición de los tonos de la historia y en los engarces de la trama, se muestra, en fin, como un escritor más ortodoxo dentro de los preceptos del género y, por tanto, muy disfrutable por el lector amante de las buenas historias de terror. Además de una buena trama coherente con el universo conceptual de Fatale, hay tres razones más por las que Reza para llueva alcanza la excelencia. La primera razón es lo bien que toda la historia de crimen y marginalidad funciona, en el fondo, como un comentario crítico sobre la extraña naturaleza del movimiento grunge. La segunda razón es el paso adelante en la mitología de la serie que supone el hecho de vincular la figura de la femme fatale con ese arquetipo pop de esa mujer que provoca la ruina de las grandes bandas de rock. La tercera razón es el modo certero en que este volumen de Fatale engarza con el ambiente cultural de la época que retrata, al introducir en la trama una figura que solo se entiende a la luz de El silencio de los corderos (1991) o Se7en (1995), obras fundamentales para entender la cultura pop oscura de los años 90.
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lunes, 9 de febrero de 2015
Fatale 3: Al Oeste del Infierno
Leído en febrero de 2015. Los dos primeros volúmenes de Fatale respondían a un planteamiento similar. Ambos eran una historia larga construida a partir de líneas temporales paralelas en los que los hechos del pasado afectaban a los del presente según la implacable lógica del noir y de la narrativa de terror sobrenatural —entendiendo pasado y presente como tiempos del relato; recordemos que el primero estaba ambientado en los años cincuenta y el segundo en los setenta del siglo XX—. En este tercer arco argumental la estrategia es diferente: Brubaker y Phillips entregan cuatro historias cortas, dos de las cuales ni siquiera están protagonizas por la femme fatale que ya conocemos de los primeros volúmenes de la serie. Las que sí lo están, la primera y cuarta, nos muestran a una Josephine buscando respuestas en la América de los años treinta —junto a un sosias de H. P. Lovecraft— y en una Rumanía en plena Segunda Guerra Mundial —rodeada de nazis ocultistas—. Destaco lo de “buscando respuestas” porque si las anteriores historias narraban en parte la búsqueda de Nicholas Lash de la solución al misterio de Josephine, en esta ocasión, en un interesante giro de la trama, quien busca respuestas es ella misma. Por su parte, las dos historias que no están protagonizadas por Josephine continúan ahondando en lo que ya definimos en la nota de lectura del primer libro como “la reformulación de la mujer fatal del noir en una criatura preternatural de la estirpe de las vampiras, lamias o brujas”. El segundo capítulo del libro —correspondiente al comic book Fatale 12— es una variación de la clásica historias de brujas protagonizada por Mathilda, una joven francesa en la Francia del siglo XIII; el tercero —número 13 de la serie original— es un relato weird west ambientado en Colorado en 1883 y protagonizado por la misteriosa “Black” Bonnie. Ambas son mujeres que tienen mucho en común con Josephine y que nos ayudan a entender que la femme fatale es también una victima de su propia condición supernatural. En los anteriores tomos de Fatale el relato discurría por los caminos del thriller conspirativo con acción y violencia y del noir clásico; en este tercero la trama se desvía por los recovecos del género bélico, el western y la acción en escenarios y ambientes medievales, lo que permite al lector de Fatale disfrutar tanto de enfoques distintos en la escritura de Ed Brubaker como de nuevos registros en el dibujo de Sean Phillips.
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miércoles, 5 de noviembre de 2014
Fatale 2: Los trabajos del Diablo
Leído en octubre de 2014. En la nota de
lectura del primer libro de Fatale, afirmaba que compraría y leería el segundo
libro en cuanto saliera. Por simple que fuera hacerlo, no he cumplido ese
propósito, y no ha sido por falta de ganas, sino porque los planes nunca salen
bien. Y para muestra de que los planes nunca salen bien, sirva la historia de este segundo libro de Fatale,
que recopila los números 6 a 10 de la serie original. Una historia que es, como
no puede ser menos, pura fatalidad. El desarrollo del arco argumental sigue una
estructura idéntica a la que daba forma al primero, en una construcción de
líneas temporales paralelas en los que los hechos del pasado afectan a los del
presente en una implacable lógica del horror. Las tonalidades del relato en
este segundo libro también muy parecidas a las del primero. Hay thriller
contemporáneo de acción y violencia —en la continuación del viaje de Nicolas
Lash en busca de la solución al misterio que lo atormenta, la identidad de la
misteriosa Josephine—, y noir clásico con esas grandes dosis de romanticismo
delirante que pide una trama que gira en torno a una femme fatale eterna. La acción de
esta segunda línea se traslada al Hollywood de los 70, en una combinación de espacio
y tiempo que resulta muy estimulante: la tremendamente efectiva mezcla
de la crónica negra de Hollywood —que parece estar siempre de actualidad, como
demuestra el hecho de que nada más y nada menos que David Cronenberg se mete de lleno en el tema en su última película Maps to the Stars (2014)— con del mundo de las
sectas ocultistas sirve para constatar una vez más el talento mayúsculo de
Brubaker en los distintos mundos de la narrativa de género negro. Por su parte, Sean Phillips continúa
desarrollando un trabajo de puesta en imágenes certero, sin grandes alardes,
que, precisamente por eso, por estar siempre entre los márgenes del tono justo que
pide la historia, resulta muy destacable. Un excelente cómic que merece todos
los reconocimientos que ha ido cosechando a lo largo de su historia editorial.
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viernes, 6 de junio de 2014
Ragemoor
Leído en junio de 2014. De las bondades y la vigencia de Richard Corben ya escribí hace pocos días, a propósito de la lectura de La casa en el confín de la Tierra. Como dejé escrito entonces, toca seguir pasando revista al Corben terrorífico de los años 2000. Y toca seguir con Ragemoor, una obra hecha en colaboración con su viejo compinche Jan Strnad, con quien ya realizó clásicos del cómic de los últimos setenta y primeros ochenta como Las mil y una noches, Mundo mutante o Jeremy Brood.
Ragemoor es una historia de terror gótico y horror cósmico sobre maldiciones familiares, castillos que albergan horrores insondables y abominaciones sin fin. Está claro de donde proviene el material que abastece la pesadilla del dúo, y, de hecho, todo lo que he leído sobre la obra tiende a liquidarla como un mero pastiche de Poe y Lovecraft. Creo, sin embargo, que, como como suele ocurrir con las citadas creaciones del dúo Strnad-Corben, Ragemoor se extiende más allá de sus referencias obvias. Es evidente que la obra gravita alrededor del argumento seminal de La caída de la Casa Usher y de horrores venidos de un universo lovecraftiano, pero tanto la historia y los diálogos de Strnad como el dibujo de Corben llevan Ragemoor a un nivel incluso superior de abyección, a un horror alucinado mucho más demente en el que pueden adivinarse (y disfrutarse) sombras de humor negro clásico y delirios de filiación surrealista. Seguro que, junto a las obras completas de Poe y Lovecraft, en la mesita de noche de Strnad y Corben hay ejemplares de la Antología del humor negro de André Breton y de alguna que otra obra de Topor.
Ragemoor es una historia de terror gótico y horror cósmico sobre maldiciones familiares, castillos que albergan horrores insondables y abominaciones sin fin. Está claro de donde proviene el material que abastece la pesadilla del dúo, y, de hecho, todo lo que he leído sobre la obra tiende a liquidarla como un mero pastiche de Poe y Lovecraft. Creo, sin embargo, que, como como suele ocurrir con las citadas creaciones del dúo Strnad-Corben, Ragemoor se extiende más allá de sus referencias obvias. Es evidente que la obra gravita alrededor del argumento seminal de La caída de la Casa Usher y de horrores venidos de un universo lovecraftiano, pero tanto la historia y los diálogos de Strnad como el dibujo de Corben llevan Ragemoor a un nivel incluso superior de abyección, a un horror alucinado mucho más demente en el que pueden adivinarse (y disfrutarse) sombras de humor negro clásico y delirios de filiación surrealista. Seguro que, junto a las obras completas de Poe y Lovecraft, en la mesita de noche de Strnad y Corben hay ejemplares de la Antología del humor negro de André Breton y de alguna que otra obra de Topor.
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sábado, 24 de mayo de 2014
La casa en el confín de la Tierra
Leído en mayo de 2014. Los motivos por los que decidimos las relecturas se escapan a toda lógica. Hace unos días, un amigo mencionó en Twitter que esta edición, única disponible en el mercado español, de La casa en el confín de la Tierra era muy difícil de encontrar a un precio razonable —la razón, evidentemente, se encuentra en la evolución histórica de los derechos de edición en español de DC Comics—. El comentario me llevó a echar un vistazo a la biblioteca y a buscar y releer este tomito que tiene ya más de diez años.
Es imposible amar cualquiera de las formas de lo fantástico y no haber pasado por una etapa de absoluta devoción por la obra de Richard Corben —aunque creo que lo normal sería vivir en un estado permanente de devoción por la obra de Corben—. En el caso concreto de los lectores de mi generación, Corben nos dio tanto, nos acompañó tan íntimamente en el crecimiento como aficionados a la fantasía y el terror, que alguno podría estar tentado de ver su obra como algo del pasado, algo que vivimos en ese momento de formación lectora y que, una vez se ha sofisticado nuestro gusto, solo podemos disfrutar desde la nostalgia. Pues no es así, amigos. Corben no dejará nunca de ser un referente, y no solo porque siempre vaya a haber nuevos públicos para su enfoque del terror, sino también porque, en su absoluto rigor y su constante exploración estética, resulta un creador radicalmente actual.
Esta adaptación de La casa en el confín de la Tierra muestra a un artista que no ha perdido la pulsión por buscar la excelencia. En todo el bloque central de la historia, en el que se desarrolla el relato del diario de Byron Gault, Corben concibe y esculpe la naturaleza pesadillesca del soliloquio enloquecido del narrador, dando forma a lo horrible, lo húmedo, lo reptante, a la carne blasmefa... Imaginando —es decir, convirtiendo en imágenes— ese escenario de frontera entre vigilia y sueño, entre cordura e insania, en el que se desarrolla la obra maestra de lo inconcebible de William Hope Hodgson.
En el prólogo y el epílogo, que plantean notables variaciones respecto a la novela de Hodgson, Corben y Revelstroke se permiten ciertos comentarios de índole social y política que enmarcan la historia en un terror rural algo más contemporáneo, con ese principio, canónico en el contexto del género —que en la visión de Corben recuerda al inicio de Un hombre lobo americano en Londres (la película de John Landis)— y un epílogo que mezcla esa situación clásica de terror rural con una explosión final de horror de alcance cósmico. Esta edición de La casa en el confín de la Tierra, que cuenta con un prólogo en el que Alan Moore reivindica la fantasía oscura, es imprescindible para aficionados al terror en cualquiera de sus expresiones artísticas.
Aviso a los lectores: el virus ya ha hecho su efecto... Se me antoja totalmente necesario estudiar a fondo la producción de terror de Corben de los años 2000 y se aproximan notas de lectura de Ragemoor y La Guarida del Horror.
Es imposible amar cualquiera de las formas de lo fantástico y no haber pasado por una etapa de absoluta devoción por la obra de Richard Corben —aunque creo que lo normal sería vivir en un estado permanente de devoción por la obra de Corben—. En el caso concreto de los lectores de mi generación, Corben nos dio tanto, nos acompañó tan íntimamente en el crecimiento como aficionados a la fantasía y el terror, que alguno podría estar tentado de ver su obra como algo del pasado, algo que vivimos en ese momento de formación lectora y que, una vez se ha sofisticado nuestro gusto, solo podemos disfrutar desde la nostalgia. Pues no es así, amigos. Corben no dejará nunca de ser un referente, y no solo porque siempre vaya a haber nuevos públicos para su enfoque del terror, sino también porque, en su absoluto rigor y su constante exploración estética, resulta un creador radicalmente actual.
Esta adaptación de La casa en el confín de la Tierra muestra a un artista que no ha perdido la pulsión por buscar la excelencia. En todo el bloque central de la historia, en el que se desarrolla el relato del diario de Byron Gault, Corben concibe y esculpe la naturaleza pesadillesca del soliloquio enloquecido del narrador, dando forma a lo horrible, lo húmedo, lo reptante, a la carne blasmefa... Imaginando —es decir, convirtiendo en imágenes— ese escenario de frontera entre vigilia y sueño, entre cordura e insania, en el que se desarrolla la obra maestra de lo inconcebible de William Hope Hodgson.
En el prólogo y el epílogo, que plantean notables variaciones respecto a la novela de Hodgson, Corben y Revelstroke se permiten ciertos comentarios de índole social y política que enmarcan la historia en un terror rural algo más contemporáneo, con ese principio, canónico en el contexto del género —que en la visión de Corben recuerda al inicio de Un hombre lobo americano en Londres (la película de John Landis)— y un epílogo que mezcla esa situación clásica de terror rural con una explosión final de horror de alcance cósmico. Esta edición de La casa en el confín de la Tierra, que cuenta con un prólogo en el que Alan Moore reivindica la fantasía oscura, es imprescindible para aficionados al terror en cualquiera de sus expresiones artísticas.
Aviso a los lectores: el virus ya ha hecho su efecto... Se me antoja totalmente necesario estudiar a fondo la producción de terror de Corben de los años 2000 y se aproximan notas de lectura de Ragemoor y La Guarida del Horror.
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viernes, 16 de mayo de 2014
Batman: La maldición que cayó sobre Gotham
Leído en mayo de 2014. Muy poco después de Fatale, leo otro cómic que reformula y reubica conceptos del Horror Cósmico lovecraftiano. En este caso se trata de una historia que traza un triángulo cuyos vértices son el personaje de Batman, el universo inspirado en las obras de Lovecraft y la línea Elseworlds de DC Comics (la colección dedicada a explorar las posibilidades de ubicar a los personajes clásicos de DC en lugares y tiempos que no les corresponden por “lógica” y tradición).
Sin ser una obra destinada a dejar una huella imborrable —de hecho el cómic tiene ya unos años y a la Historia no ha pasado— Batman: La maldición que cayó sobre Gotham es una lectura excitante y divertida para aficionados a los experimentos con superhéroes y con narrativa pulp, cuyos autores realizan un trabajo competente. Hay un Mike Mignola en su salsa —creo que no le queda nada por demostrar sobre su capacidad para navegar de forma muy hábil por mundos de fantasía oscura— y un Troy Dixie que, aunque desde luego no es el tipo de dibujante que deslumbra a los fans, se emplea a fondo en desarrollar una plástica del todo coherente en una historia “de Mignola”, y ofrece muy buenos momentos de narración en los sobrecogedores escenarios antárticos, en los ambientes de finales de la década de los veinte y en las escenas en las que aparecen engendros abominables. Que son muchas. Sobre todo al final, cuando la historia se convierte en el Caos Reptante que tanto nos gusta a los amantes de la weird fiction.
Sin ser una obra destinada a dejar una huella imborrable —de hecho el cómic tiene ya unos años y a la Historia no ha pasado— Batman: La maldición que cayó sobre Gotham es una lectura excitante y divertida para aficionados a los experimentos con superhéroes y con narrativa pulp, cuyos autores realizan un trabajo competente. Hay un Mike Mignola en su salsa —creo que no le queda nada por demostrar sobre su capacidad para navegar de forma muy hábil por mundos de fantasía oscura— y un Troy Dixie que, aunque desde luego no es el tipo de dibujante que deslumbra a los fans, se emplea a fondo en desarrollar una plástica del todo coherente en una historia “de Mignola”, y ofrece muy buenos momentos de narración en los sobrecogedores escenarios antárticos, en los ambientes de finales de la década de los veinte y en las escenas en las que aparecen engendros abominables. Que son muchas. Sobre todo al final, cuando la historia se convierte en el Caos Reptante que tanto nos gusta a los amantes de la weird fiction.
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domingo, 11 de mayo de 2014
Fatale 1: La muerte me persigue
Leído en mayo de 2014. Está a punto de aparecer el segundo tomo de la edición española de Fatale, que publica Panini y que compraré y leeré en cuanto salga, por lo que estos días me ha parecido muy oportuno releer la primera entrega. Lo he hecho, además, un poco motivado por el entusiasmo con el que la crítica televisiva y la blogosfera han acogido True Dectective, la serie de HBO creada por Nic Pizzolato, cuyo éxito se debe en buena parte al hecho de que un clásico relato policial se ve aderezado con materiales, sensaciones y ambientes propios del terror sobrenatural lovecraftiano. No voy a entrar a interpretar el por qué la crítica de televisión encuentra ahora tan interesante algo que en su día habría sido despachado rápidamente con el calificativo de pastiche, pero sí que me interesa sacar a colación que Ed Brubaker y Sean Phillips plantean en Fatale una operación similar a la de Pizzolato en la primera temporada de True Detective. Solo que un par de años antes.Igual que ocurre (presuntamente) en la serie de televisión, la trama criminal detonante del relato en Fatale empequeñece ante la entrada en juego de terribles poderes que emergen de mucho más allá de lo terrenal. Y también como en la serie, el relato del cómic se desarrolla en diferentes líneas temporales, digamos que el pasado se manifiesta en el futuro. (Nota: dicho todo esto sin saber cómo evolucionarán las siguientes temporadas de True Detective).
En cualquier caso, el resultado es bastante diferente (aunque lo que quiero decir en realidad es que el resultado en Fatale es, a mi juicio, bastante mejor). Brubaker y Phillips —cada uno de ellos responsable de un trabajo excelente en Fatale— no adornan o aromatizan el relato noir con abalorios o esencias sobrenaturales, sino que desarrollan un artefacto narrativo de puro horror cósmico y reptante en un ambiente noir. Es, de hecho, una fusión perfecta de ambos géneros, que tiene al menos dos hallazgos notabilísimos: el modo en que los horrores arcanos van impregnando la narración de forma progresiva hasta manifestarse en toda su abominación y —acaso sea ese el elemento más destacable desde un punto de vista creativo— la reformulación de la mujer fatal del noir en una criatura preternatural de la estirpe de las vampiras, lamias o brujas… En definitiva, la reformulación de la mujer fatal en una cosa muy seria.
Yo, desde luego, estoy completamente rendido a los pies de esta femme fatale.
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